«Choo Ba’ak», la centenaria tradición maya de limpieza de huesos de los difuntos

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Conoce la ceremonia “Choo Ba’ak”, limpieza de huesos de los fieles difuntos, practicada en Pomuch, municipio de Hecelchakán en Campeche.

Por Jorge Moreno
Existen diversas tradiciones en las celebraciones de los fieles difuntos en varias partes del país, pero en la península de Yucatán ocurre algo que en verdad es de llamar la atención y puede ser catalogado como “espeluznante”.

Nos referimos a la “limpieza de huesos de los difuntos”, una tradición centenaria maya que ocurre año con año en Pomuch, municipio de Hecelchakán en Campeche.

Este suceso, difundido incluso a nivel internacional, se realiza en el emblemático cementerio de Pomuch, y su nombre exacto es ceremonia “Choo Ba’ak” (limpieza de huesos de los fieles difuntos), esto se desarrolla del 26 de octubre al 2 de noviembre.

A ese período de tiempo se le llama “días santos”, y los pobladores van y vienen del camposanto para limpiar y adornar el osario familiar de sus fieles difuntos; en 2017 este ritual funerario fue inscrito al “Patrimonio Cultural del Estado de Campeche”.

Una tradición centenaria maya que ocurre año con año en Pomuch, municipio de Hecelchakán en Campeche Llegó la época de “limpiar huesos de difuntos” de esta forma pueden rendirles tributo en su memoria para no olvidarlos.

Hace unos años, cuando conocí este ritual, el sepulturero me explicó que una de las preguntas frecuentes que le hacen son los “requisitos” para limpiar los huesos de un familiar difunto y me dijo que el único es que hayan pasado al menos tres años de la muerte, pues en caso contrario no se podrían “lavar” los restos óseos debido a la piel que aún continúa pegada a los huesos.

Cuando llega el momento, el familiar, con mucho cariño y respeto, desempolva hueso por hueso, los acomoda en una tela bordada a mano, generalmente con figuras de ángeles y flores, junto al nombre del finado.

Esto puede tardar de 15 minutos hasta un par de horas (nunca más de dos horas) y al finalizar, introducen los restos en una pequeña caja de madera de 30 x 60 centímetros aproximadamente, de color blanco, (llamada osario) y terminan adornándola con flores naturales o artificiales, además de veladoras que, de acuerdo con la creencia, iluminarán el camino del finado.

En el osario se deposita un mantel blanco bordado con el nombre del difunto y de figuras que van desde ángeles hasta rosas, de acuerdo al sexo, la personalidad y la edad del ser querido. Las cajas deben permanecer abiertas con los cráneos en la cima de los huesos para que les dé la luz del sol y el aire fresco.

Ahí, el difunto es velado entre oraciones y anécdotas familiares, y esperará un año más para ser visitado por sus seres queridos. Es por esto que muchos pobladores afirman que esta tradición se trata de un acto de amor.

Es de llamar la atención que a veces hasta cuatro generaciones se unen para realizar este ritual en el panteón, es decir, bisabuelos, abuelos, padres e hijos hacen unidos este ritual; el bisabuelo, décadas atrás, fue el hijo menor que acompañó a sus mayores a esta ceremonia.

Y en lo que podría ser un récord poco común, don Teodoro Tinal, persona que entrevisté en aquel entonces, me dijo que en 1998 fue sonado el caso en donde un tatarabuelo de 91 años de edad fue a hacer la ceremonia junto con tres de sus hijos, dos nietos, seis bisnietos y su pequeña tataranieta de apenas un año de edad.

Para finalizar, los días uno y dos de noviembre se realiza la misa en el cementerio del pueblo y las familias acuden muy puntuales y alegres pues van a recibir a sus difuntos. Con ello culmina la celebración del Día de Muertos en el poblado.

Hoy domingo, cuando estés leyendo este reportaje, yo estaré en el cementerio de Pomuch en busca de nueva información sobre esta memorable y centenaria ceremonia, y ya te estaré informando con detalle.

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